Reflexión Distópica

A día de hoy nadie puede negar lo evidente.

La pandemia del coronavirus nos ha dado una conciencia global, para bien y para mal.

En nuestro tiempo ha habido guerras, ataques terroristas, movimientos ciudadanos y desastres naturales que han marcado un punto de inflexión en las sociedades de países concretos, o incluso continentes, pero el coronavirus ha llegado a todas partes.

El virus es una catástrofe mundial, nadie se libra de él y, sin duda, marcará nuestra historia global.


El virus llegó a España como el lobo de Pedro y el Lobo. Nos avisaba y no le creimos. Nos avisó China, Corea, Italia... Y no les creimos. Pero era verdad. Y nos quedamos en shock, acaparando papel higiénico quién sabe por qué, quedándonos en casa por si acaso, aunque la información no llegó a ser del todo clara.
Durante estas largas semanas de confinamiento todos hemos tenido tiempo de pensar. Bueno, de pensar y de muchas otras cosas.
Nunca antes había visto tantas propuestas, iniciativas digitales, ofertas de cursos online, directos de Instagram, charlas virtuales... Literalmente no había horas en el día para tanta actividad.


Ha habido cosas positivas en toda esta locura, sin duda.

Al menos al principio el sentimiento de vecindad, de cohesión grupal entre las personas que estábamos cerca, creció, se hizo fuerte porque de pronto todos éramos iguales.
De pronto ese vecino al que solo saludábamos en el portal al pasar, era la persona a la que deseábamos ver cada día, con quien hablar en una distancia prudencial. De pronto descubrimos que tenía familia, que tenía inquietudes, que se le daba bien tocar la guitarra y empezamos a cantar juntos en el balcón al dar las 8.
Al quedarnos solos entre las cuatro paredes de nuestra casa, nos dimos cuenta de que no estábamos solos en absoluto, y eso es bonito.
No es lo único positivo.

Si de algo ha servido la lucha de nuestros vecinos, ha sido para dar el valor que merecen sus profesiones.

Quiero pensar que en el mundo que surja después de todo esto tendrá bien anclada en el imaginario colectivo la importancia de los sanitarios, de los cuerpos de seguridad, del personal de limpieza, de quienes trabajan los sectores primarios, de quien nos sirve los cafés o abastece nuestros supermercados, de quien hornea nuestro pan y nos cobra la compra, de quien nos trae a casa el paquete que hemos encargado o quien desde un laboratorio, busca la solución al problema.

Quiero pensar que comprenderemos que, sin estas personas, nada funciona, que deben recibir la recompensa que merecen por el lugar que ocupan en nuestra sociedad. Un lugar IMPRESCINDIBLE.


También me gustaría que en ese futuro que nos espera, tengamos todos una nueva imagen del creador, del artista, del comunicador. Porque los libros, las series, el cine, el arte en general nos ha dado mucho durante estos meses. Quiero pensar que todos sabremos agradecer más y mejor a partir de ahora las obras que ellas y ellos nos ofrecen, y que pagaremos gustosos por disfrutarlas. Porque es lo justo.

#Quédateencasa ha sido un clamor popular.

Antes de todo esto jamás habría creído posible, ni con toda la potencia de mi imaginación, que todo un país fuese capaz de dejar las calles desiertas, de quedarse en sus casas durante semanas.
Creo que, al menos en ese momento, todos sufrimos un cambio de prioridades que, se mire por donde se mire, es único e insólito. Porque de pronto lo más importante era frenar la curva, ayudar a los demás, y así, ayudarnos a nosotros mismos.

La valentía y el altruismo se aplaudía, y el egoísmo se castigaba (a veces de forma irracional). Algo que yo siempre pensé que iba contra la naturaleza humana. Me dieron también a mí una lección...

Y al no salir de casa, dimos más valor a la tecnología que nos permitía acercarnos a quien teníamos lejos, que nos daba la posibilidad de seguir trabajando, de ocupar nuestro tiempo y nuestra mente.
Esta crisis ha acelerado el cambio hacia la digitalización, y la percepción de la tecnología será a partir de ahora más positiva, más fiable, y más promovida para hacer fácil el trabajo humano.
A mi modo de ver, supondrá un progreso que debe ser llevado con prudencia.

La riqueza genera riqueza, y esto no solo debería ser cierto para el empresario.

Como he dicho antes, este virus nos ha dado conciencia global. Si el mundo no estuviera tan interconectado, si los países no fuesen tan interdependientes, tal vez la pandemia no se hubiera extendido. La globalización siempre ha sido percibida como algo bueno, algo positivo para las economías, para el desarrollo de los países. Y lo es.

Sin embargo, esta crisis podría hacer reflexionar a nuestros empresarios sobre la posibilidad de apostar por lo local antes de recurrir a lo de fuera.
Se han perdido muchos negocios por el cierre de fronteras, se ha paralizado mucha industria por esta dependencia del exterior, y el problema era que no había plan B.
¿Y si diesemos prioridad a la producción propia? Tal vez el fenómeno Maker pueda arrojar luz al hecho de que en España tenemos buenas ideas, una buena base industrial que deberíamos potenciar, y buenos trabajadores que solo quieren cobrar lo justo por su labor.

¿Y si escuchamos lo que el planeta nos ha dicho?

Por último quiero recalcar un irónico aspecto positivo de esta crisis. El del medio ambiente.
Resulta curioso que, de un tiempo a esta parte, los jóvenes hubieran empezado a llamar la atención sobre la emergencia del cambio climático. Es casi profético el hecho de que la propia naturaleza se haya defendido de forma tan agresiva. No creo en la magia ni en la providencia divina, pero cuando pasan cosas así me permito dudar un instante. 

Pero no es oro todo lo que reluce, porque toda moneda tiene dos caras.

Si lo anterior era la cara positiva, quiero acabar alertando sobre la cara negativa.


Apostar por uno mismo no significa atacar a los demás. Que nuestros productos sean lo primero no es una obligación, sino un compromiso con el progreso local.
Valorar nuevas figuras de nuestra sociedad no significa menospreciar a otras. Hay espacio para todos en una sociedad sana.
Ser cooperador y apoyar a nuestra comunidad no debe llevarnos a linchar a quien no se comporta como nosotros, el diálogo siempre debe ser lo primero, porque las personas tenemos nuestras razones y circunstancias para hacer lo que hacemos.
La tecnología está para hacernos la vida más fácil, no para sustituir personas. Una máquina jamás debe ser más importante que un humano, ya lo dijo Asimov, y él sabía más que nadie de esto.

Espero que esta reflexión personal os haga reflexionar a su vez. Ahora, vayamos rumbo a recuperar la normalidad.













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