#retostorytelling Cubes. El Libro del Chacal.

Habíamos llegado al punto exacto y, sin demora, me coloqué el equipo a la espalda, atando a conciencia todas las correas y arneses.

Hice una señal al piloto y él me respondió con el gesto acordado, de modo que abrí la compuerta y me asomé al vacío. El ruido era ensordecedor y el viento me empujaba mientras yo reunía el valor y la concentración necesarias para saltar. No era la primera vez que lo hacía, pero siempre era mejor tener respeto por aquello que arriesgaba la propia vida.

Cuando estuve preparada me lancé. Sentí el vacío, la inmensidad del mundo a mi alrededor y la ingravidez alojada en mi estómago mientras me precipitaba. Cuando llegó el momento tiré del resorte y mi PARACAÍDAS se abrió. Con un tirón, mi caída libre se detuvo. Poco a poco descendí sobre la espesura del bosque. Tenía todo calculado, sabía que caer sobre árboles podía ser peligroso, pero tampoco era esa la primera vez, de modo que manejé mi descenso hasta encontrar un pequeño claro al que me dirigí. Las ramas de un ÁRBOL atraparon mi paracaídas y quedé suspendida a unos metros del suelo, cubierto de hojarasca. Saqué de mi bolsillo mi navaja suiza, pero antes de cortar las cuerdas de mi equipo, me quedé un minuto en silencio, agudizando el oído para detectar cualquier posible amenaza que pudiera sorprenderme indefensa en tierra firme. No oí nada, así que corté las cinchas de mi paracaídas y caí al suelo. Me puse en pie, sacudiéndome la tierra y las hojas de mi ropa y mi pelo. Guardé mi navaja y saqué el LIBRO. En él estaban todas las pistas, toda la información que me llevaría al lugar.

Esa misión era, sin duda, una de las más arriesgadas de mi vida.

La Corporación Aura andaba tras la pista de aquel templo desde hacía meses, ellos habían conocido la existencia del libro mucho antes que yo, pero carecían de las habilidades necesarias para conseguirlo. Los nativos de esa zona eran difíciles, muy herméticos y desconfiados. Habían enviado varias comitivas diplomáticas a sus aldeas, algunas habían sido recibidas con frialdad y otras, en los peores casos, con violencia. Mis compañeros y yo, sin embargo, llevábamos años cultivando una relación cordial con esas tribus, estudiando su cultura desde el respeto, como debía ser.

Me permitieron acceder a una reunión con el gran chamán, fue él quien me habló del milenario Templo de las HUELLAS del Chacal. Se trataba de una construcción tan antigua que la memoria de la tribu no alcanzaba a recordar, probablemente la edificación más ancestral del mundo, perdida en el pasado remoto de la historia de la humanidad. Si conseguía pruebas de su existencia, restos o fotografías del lugar, habría conseguido cambiar el rumbo de la arqueología como ciencia para siempre.

Por desgracia el chamán no quiso darme el libro, un rollo de papiro que contenía la leyenda del Dios Chacal, además de las indicaciones para llegar al templo. Un mapa.

Tardé bastante tiempo en convencer a Uri de que me ayudase, por suerte era un chico con gran curiosidad, un joven inquieto que se preguntaba cómo era al mundo más allá de los límites de su aldea, alguien con una curiosidad e inteligencia que no podía quedar desaprovechada. Lo llevé conmigo a la civilización, le enseñé cosas que jamás habría podido aprender de haberse quedado con su tribu, y aunque nunca quise que algo así pasara, terminé sintiendo por él algo más que amistad. Aquel era un tema que, tarde o temprano tendría que afrontar, pero por suerte Uri era el hijo del chamán, así que, aunque yo no se lo pedí, robó el libro por mí.

Tal vez aquella no hubiese sido la forma más acertada de conseguirlo, pero ahí estaba, avanzando a través de aquel bosque virgen, siguiendo las indicaciones del sagrado Libro del Chacal.

Había prometido, tanto a Uri como a su tribu, que yo sería la única que iría al Templo de las Huellas del Chacal. Nadie nunca más podría llegar a él, pues pretendía devolver el mapa y no mencionar su existencia nunca. La Corporación Aura habría perdido entonces la carrera por el descubrimiento y, con suerte, dejarían en paz a la tribu de Uri. Yo regresaría con las pruebas necesarias para demostrar las hipótesis en las que mis compañeros y yo llevábamos trabajando todo ese tiempo y así, por fin, entraríamos en los libros de historia.

Con el corazón encogido y los nervios burbujeando en mi estómago, llegué por fin al último tramo señalado en el mapa. Un suspiro quedó atascado en mi garganta en cuanto llegué a lo alto de una cornisa que se abría a un valle, oculto entre colinas bajas, donde se erguía, imponente, una construcción de piedra con forma oval. No tenía techo, parecía un anfiteatro romano aunque no contaba con gradas. Las paredes del recinto estaban salpicadas por pequeñas cabañas adheridas al muro y la vegetación se había abierto paso en el interior del círculo, ocultando lo que luego descubrí que eran caminos de piedra con inscripciones en un idioma desconocido, parecido a los jeroglíficos egipcios. En el centro de esa estructura se encontraba lo más llamativo de todo, una torre de forma cilíndrica, casi tan alta como los muros que la rodeaban, en cuya base había una gran puerta. Recordaba a los faros situados en la costa, solo que ahí no había mar.

Todo, paredes, suelos y puertas, estaba profusamente decorado con tallas variopintas, a veces parecían simples dibujos y otras adquirían la forma de lenguaje, o eso me parecía. Alucinada, saqué la cámara y comencé a hacer fotografías. Me sorprendió descubrir que en cada una de las pequeñas cabañas que había en los muros de esa elipse había una pequeña estatua con forma de animal. Un mono, un pez, un pájaro, una serpiente… los fotografié todos y, al final, tras horas dando vueltas por aquel inhóspito lugar, me atreví a adentrarme en el faro.

Ahogué una exclamación cuando, al entrar, me sobrecogió la imagen de la gran estatua de un Chacal. Medía al menos cinco metros y ocupaba justo el centro de la estancia. Era mediodía y desde lo alto de la torre la luz del sol se filtraba por el agujero del techo, incidiendo directamente sobre la estatua, confiriéndole un aspecto casi mágico.

Por eso tardé un poco en reaccionar cuando, de pronto, la estatua cobró vida y bajó su pétreo hocico hacia mí. Quise gritar, correr, esconderme… pero algo me impedía moverme, me había quedado paralizada. La estatua me miró entonces con sus ojos vacíos, no emitió ningún sonido audible, pero en mi cabeza una voz gutural me habló.

—No has debido venir aquí, humana. —gruñó el Chacal—. Debería matarte, pero puedo ver tu corazón y sé que no tienes malas intenciones. Te irás ahora mismo y no recordarás nada de lo que aquí has encontrado.

****

Abrí los ojos. Tenía un intenso dolor de cabeza y me sentía como si me hubiese atropellado un camión. Me costó enfocar la vista, pero entonces me encontré con la cara morena de un chico joven, tal vez de unos veintipocos. Sus ojos oscuros y sus rasgos exóticos me parecieron muy atractivos, también su voz cuando me dijo:

—¡Por fin! ¿Te encuentras bien, mi amor?

Me sorprendió que me hablase con ese tono, tan dulce y cariñoso. No lo conocía de nada.

—Sí, eh… ¿Dónde estoy?

—En el hospital —contestó el chico—. Apareciste en la aldea, estabas medio muerta con unas fiebres terribles. Llevabas días sin comer y sin beber, es un milagro que estés viva.

No sabía de qué hablaba ese chico, pero sus constantes caricias me ponían nerviosa. Me aparté como pude.

—Oye, no sé quién eres, pero llama al médico, por favor.

Los ojos oscuros del chico se abrieron de par en par y una mueca acudió a sus labios.

—¿Cómo? Soy yo, soy Uri —dijo, alarmado—. Dime que me recuerdas, por favor.

—No, yo… No me acuerdo de nada.




3 comentarios:

  1. jajajajajaj ¡muy bueno! Amnesia... pobreta xDDDD El mio es mucho más "normal"

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  2. qué interesante! Me deja con ganitas de más!! siempre nos mata la curiosidad...

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